Las jóvenes Suka Achengli y Numidia nos hablan de la situación y de cómo la están viviendo desde la diáspora
Junto a Nepal, Madagascar, Kenia y Perú, también la Generación Z de Marruecos se ha levantado para mostrar su hartazgo ante un gobierno corrupto y represor. Bajo el nombre de GenZ212, desde el pasado 27 de septiembre las calles marroquíes se han llenado de más de 185.000 jóvenes exigiendo sanidad, educación y el fin de la corrupción.
No es la primera vez que se producen protestas en Marruecos. En el Rif llevan saliendo a la calle desde 2016, cuando surgió el Movimiento Popular del Rif o Hirak del Rif, que exigía derechos sociales, económicos y culturales para la región. Siete meses después, su líder, Nasser Zefzafi, fue detenido y en 2018 fue condenado junto a más participantes a 20 años de prisión. Desde entonces, la población protesta de forma recurrente para seguir exigiendo derechos y también su liberación. Pero, si ya hay más protestas, ¿qué hace a la GenZ212 tan especial? Para Suka Achengli, activista amazigh y feminista radical de 32 años, «lo significativo ahora es que el malestar social ya no se queda aislado solo en el Rif ni en las pequeñas aldeas. Esto se ha contagiado y ha llegado hasta las ciudades más grandes donde antes el régimen tenía controlado cualquier tipo de activismo y maquillado con turismo y desarrollo».
Exigiendo sanidad y educación
Sin duda, el centro de las protestas es la exigencia de una sanidad y una educación de calidad. Entre los detonantes, la muerte de al menos ocho mujeres en la unidad de maternidad del hospital Hasán II de Agadir. La activista Suka Achengli, que lleva muchos años analizando el sistema sanitario y educativo de Marruecos, explica que «tanto en las grandes ciudades como en las zonas rurales no hay personal médico, no hay material sanitario ni infraestructuras. No hay equipos de diagnóstico, ni ambulancias, ni analgésicos. El poco personal sanitario que hay trabaja en condiciones precarias, con sueldos miserables. Y esto obviamente es lo que provoca una huida forzosa constante de profesionales hacia Europa o el Golfo». Otra joven activista en la diáspora, bajo el pseudónimo de Numidia, nos cuenta su experiencia: «Yo soy de una ciudad pequeña y el hospital más cercano y un poco en condiciones está a siete horas en coche, en Marrakech. Hay zonas donde llevan a las mujeres en tablas de madera durante horas para poder llegar a dar a luz. Si llegan vivas, claro». También habla sobre la demora en la construcción de nuevos centros: «En mi zona empezaron a construir uno cuando yo estaba en primero de primaria. Tengo 24 años ahora y ese supuesto hospital sigue en construcción». A nivel geográfico, añade que «las zonas del sudeste de Marruecos son las más olvidadas. Y el Rif, la zona con más índice de cáncer, no tiene ningún hospital funcional».
En la educación, la situación también es deficiente. Achengli explica que existe una enorme diferencia por sexo y clase social: «El sistema educativo está completamente diseñado para reproducir obediencia. El pensamiento crítico está prohibido y es casi inexistente. Desde la primaria te enseñan religión, patriotismo y censura. Esto se repite en todas las generaciones. Hay un enorme adoctrinamiento y normalización a la hora de crecer sin herramientas para la crítica y la libertad de pensamiento. Existen escuelas privadas que en Marruecos llamamos “el pasaporte de la élite hacia universidades extranjeras y puestos de poder”». Además, como mujer amazigh y feminista, denuncia que «el analfabetismo funcional sigue siendo altísimo, especialmente entre las mujeres. En las zonas rurales, las niñas son obligadas a dejar de ir a la escuela porque no hay transporte para ellas o porque sus familias las retiran de los estudios aun siendo menores de edad para ser empleadas domésticas o sometidas a matrimonios forzosos. Todo esto es un mecanismo de exclusión institucionalizada del Estado que a la vez vende una imagen de modernidad y desarrollo que no existe y a veces dudo si existirá».
El terremoto de 2023 y el Mundial de 2030
Por otro lado, entre los mensajes más difundidos se encontraban referencias al Mundial de Fútbol de 2030, con consignas como «No queremos Mundial, queremos hospitales». Como apunta Achengli, la competición deportiva «ha sido un factor poderoso a la hora de salir a la calle, pero no el único. El hecho de que ciudadanos hayan visto la inversión y la construcción de toda la megainfraestructura para el Mundial cuando solo hay sanidad y educación para los que gobiernan y para su élite abrió más la herida de la generación de mis padres y enfureció a los jóvenes de mi generación». Numidia añade la indignación al ver cómo «se anunció que Marruecos era uno de los organizadores el 11 de diciembre del 2024 y han inaugurado el estadio principal el 5 de septiembre de este año. Han tardado menos de un año en construirlo». Además, Achengli destaca cómo el Gobierno recurre siempre que puede a un modelo racista y colonial y a mano de obra esclava y barata: «Para la construcción de estos estadios usaron a hombres y mujeres del sur de África sin papeles, sin vivienda y cobrando sueldos miserables».

Igualmente, las víctimas del terrible terremoto que asoló el país en septiembre de 2023 ocupan un importante lugar en las reivindicaciones. Entre otras entidades, la Unión Europea envió 190 millones de euros para ayudar en la recuperación, para reconstruir viviendas, restaurar los servicios básicos públicos y cohesionar el territorio en las zonas afectadas. Además, el propio rey donó 1.000 millones de dírhams (unos 100 millones de euros) a través de Al Mada, el fondo de inversión del que es principal accionista. Con todo esto, el movimiento GenZ212 se pregunta dónde está todo ese dinero. «Los movimientos de supervivientes y organizaciones de víctimas por los terremotos llevan años denunciando la lentitud y las reparaciones inexistentes», explica Achengli. «He hablado personalmente con quienes dirigen estas organizaciones y ese dinero no llegó donde debía. Esto lo saben hasta los escombros. Los millones de la Unión Europea y del propio rey se perdieron, como siempre, en los chanchullos del Majzén: comisiones, viajes de lujo, corrupción, propaganda… Las familias siguen bajo lonas, no hay carreteras, están completamente incomunicadas, ni siquiera las ambulancias pueden llegar». Y destaca la solidaridad del pueblo marroquí: «Toda esta gente sigue viviendo de la caridad que a día de hoy seguimos enviando. Me gustaría que las personas que lean esto sepan que en Marruecos la solidaridad y la compasión de quienes denunciamos esta corrupción llega antes que el Estado y sus políticos».
Con una situación social tan terrible, ¿es posible que las protestas consigan su objetivo? Suka Achengli cree que «todo este descontento juvenil se está convirtiendo en un movimiento de activismo radical que está tambaleando toda la legitimidad de quienes están gobernando el país, que son los mismos que se benefician del sistema (ministros, élites económicas, la monarquía…)». Entonces, ¿puede correr peligro la monarquía alauí de Mohamed VI? Ambas activistas dudan: «No tengo muy nítido que caiga la monarquía, pero pienso que toda esta ola de revolución, que me eriza la piel, puede socavar la reproducción cotidiana del poder y la capacidad del estado a la hora de imponer un silencio social en cada rincón y en cada casa del Reino Alauí», explica Achengli. Numidia añade: «A lo mejor estas manifestaciones llegarán a cambiar en el Ministro y el poder del gobierno, pero con la monarquía es muy difícil hacerlo».
Silencio y represión del Majzén
Y es que la ley del silencio es el arma estrella del gobierno marroquí desde hace décadas. Y para ello cuenta con un entramado político, económico y social conocido como Majzén, que en Europa desconocemos absolutamente y, como dice Suka Achengli, «un gran porcentaje de la población marroquí en la diáspora, principalmente la juventud, no es consciente de lo que está pasando en Marruecos y, si les preguntas por el Majzén, no sabría describirlo», a pesar de que nunca se está a salvo de él. Pero ella nos lo explica: «El Majzén es la maquinaria perfecta de sumisión que gira en torno a la monarquía, ministros, empresarios, militares, policías y jueces. Da miedo, es un sistema feudal disfrazado de modernidad. Está lleno de privilegios y control social a partir de los cuales se gestiona toda la estabilidad política y monárquica. Tiene las herramientas ideales para frenar y hacer desaparecer las protestas y a quienes protestan mediante represión, control policial y judicial, influencias mediáticas y lo mejor: sobornos sociales. Ahora mismo, con las protestas de GenZ212, todo este sistema político al que decidieron llamar El Majzén mengua, pero para nada es vulnerable. Lo que lo sostiene tiene la fuerza suficiente para recomponerse después de todo lo que está pasando en Marruecos». En definitiva, es el sistema que garantiza la impunidad y la continuidad de la oligarquía, que impone la ley del silencio y que provoca que la sociedad civil del país tenga miedo a levantar la voz. Sin duda, en este sentido las movilizaciones están demostrando, como dice Numidia, «que la generación Z de Marruecos no se ha callado a las mismas injusticias que las generaciones anteriores han aceptado».

Pero, a pesar de esto, si algo no deja de mostrar el gobierno marroquí es su poder a través de la represión. Aunque públicamente el rey Mohamed VI cuida mucho sus palabras y no ha atacado explícitamente a quienes protestan, la maquinaria está en marcha y ya hay al menos siete personas muertas (tres de ellas por balas policiales), más de trescientas heridas y cerca de quinientas detenidas. Desde España, Suka Achengli se muestra preocupada: «Tengo miedo por las personas y amigas que están en la calle sufriendo detenciones arbitrarias y castigos acompañados de torturas psicológicas y físicas. Desde la diáspora, muchas hacemos notar todo el racismo mediático, exigimos solidaridad real y no simples gestos. Intentamos presionar a los gobiernos y ONG para que no se normalice la violencia que están viviendo los jóvenes que salen a protestar en contra de un gobierno corrupto».
Llegados a este punto, es importante recordar que España mantiene excelentes relaciones con el Gobierno de Marruecos. Precisamente por eso, nuestro Ejecutivo tiene una gran responsabilidad y un gran poder a la hora de exigir rendición de cuentas. Suka Achengli exige al Gobierno de Sánchez «transparencia sobre el destino de los fondos de reconstrucción, que exija el fin a las detenciones arbitrarias y torturas a las que están siendo sometidas mis compañeras y compañeros en Marruecos y que apoye más canales humanitarios y legales para todas estas víctimas. También exijo que España deje de priorizar acuerdos económicos o de seguridad sobre los derechos civiles de la población marroquí». Además, aprovechando esas buenas relaciones, no olvida a compañeras feministas como Betty Lachgar, recién condenada a más de dos años de prisión y una multa de 50.000 dírhams (unos 4.700 euros) por blasfemia: «Exijo que se facilite la protección y atención legal y psicológica a las activistas perseguidas y encarceladas, como nuestra compañera Betty Lachgar, y que condicione cooperación para avances reales en derechos humanos». Y aclara: «Si esta amistad, de la que tan orgullosos están, requiere mirar hacia otro lado ante la represión, no es diplomacia: es complicidad».
El discurso del rey y la irrupción del islamismo
La semana pasada, la GenZ212 paralizó las protestas a la espera del discurso del rey Mohamed VI en la apertura del año parlamentario el pasado viernes, 10 de octubre. En él, como explica Suka Achengli, el monarca «pidió reformas, más empleo para jóvenes, mejorar salud y educación, reducir desigualdades regionales. Todo lo que un pueblo espera. Pero no dijo nada concreto, no habló de destituir ministros corruptos, no tocó la responsabilidad real de los encargados del Estado, no admitió fallos estructurales ni se refirió directamente al movimiento GenZ212, ni a los detenidos ni a los asesinados en las manifestaciones. El discurso del rey solo sirvió para calmar un poco los ánimos y, al mismo tiempo, mantener los poderes intactos. Es decir, prometer sin comprometerse». Y considera que «este movimiento que nace de la rabia organizada sobrevivirá porque entendió que la libertad de expresión no se negocia con un rey».

Por otro lado, ya han surgido algunas voces críticas dentro del movimiento. A pesar de que no existen líderes, se ha criticado la presencia como portavoz en un debate en Discord de Mohamed Talal Lahlou, un conocido investigador financiero de ideología islamista. Ante la posibilidad de que alguna facción ideológica, como el islamismo, consiga apoderarse de esta lucha, Suka Achengli afirma que ya esperaba que aparecieran los islamistas: «Es un clásico que la religión neutralice cualquier movimiento social en Marruecos. Es un juego de poder absoluto. Cuando el islam entra, todo queda reducido a “tensión interna”. En cuanto ven que no pueden controlar la crítica hacia la monarquía o gobierno, la descartan como asunto religioso, como si fuese sectario o influido por “grupos radicales”, en este caso GenZ212, para así desacreditar, dividir y silenciar sin tener que responder demandas reales». Y teme especialmente el efecto que pueda provocar: «En este caso en concreto veo menos peligroso el islamismo como ideología, ya que lo que realmente me preocupa es el islamismo usado como excusa para señalar, para sembrar desconfianza entre jóvenes que rechazan cualquier dogma, para dividir lo político de lo social, lo religioso de lo secular, y así fragmentar la rabia».
Además, pide que no olvidemos que el islamismo forma parte misma del sistema en Marruecos: «Esta táctica es habitual, pero aun así hay que dejar claro que el islamismo no es una ideología popular, es la otra cara del mismo patriarcado y sistema que sostiene al Majzén. Todo esto es necesario para poder censurar la disidencia. El movimiento GenZ212 es valioso precisamente porque no tiene jerarquías, es horizontal y joven. Nace del hartazgo y la pobreza, no de una mezquita ni de un partido político. Si sobrevive, será gracias a su desconfianza hacia todas las jerarquías religiosas y políticas impuestas en el país».
Más que protestas
No obstante, a pesar de las dificultades y los peligros, ambas activistas comparten la idea de que la lucha es el camino. Numidia explica: «Viví en Marruecos hasta los 13 años, así que entiendo mucho las protestas de mi generación, precisamente porque por esas razones nuestros padres emigraron a Europa». Añade que «el principal papel de la diáspora es usar nuestro privilegio de estar fuera del país, dar voz y compartir lo que está pasando. No callar las experiencias locales para quedar bien y pintar nuestro país de lo que no es. Amamos nuestro país, pero ante todo queremos que nuestra gente tenga lo mismo que estamos buscando emigrando».
Por su parte, la activista Suka Achengli tiene claro que, para ella, las protestas son mucho más que eso: «Como mujer amazigh, apóstata y lesbiana exiliada emocionalmente de Marruecos, esto no es solo política, es una lucha por el derecho de existir sin ser borrada por un régimen que decide qué vidas merecen sanidad y educación y qué vidas se tienen que conformar con estadios de lujo para un Mundial de fútbol. Esto es algo muy personal y lo vivo con urgencia, a pesar de ser consciente del peligro al que estoy expuesta por el simple hecho de denunciar lo que pasa en Marruecos desde la existencia del Majzén. Llevo viviendo toda esta corrupción con mucha impotencia y rabia. Es sabido que las personas que delatan lo que ocurre bajo el régimen son consideradas terroristas. Sin embargo, yo no dejo de exponer la represión ni que el temor me calle. De esto trata mi activismo».
Artículo original en Nueva Revolución el 13/10/2025.