Dejarse llevar

Dejarse llevar. Implorar justicia y poco más. Dejarse llevar por la lectura, la escritura y el poder de la verdad. Por todas esas palabras tan suavemente enlazadas que permiten degustar en el fondo del paladar su sabor dulce y salado, ¡y cuántas veces amargo! Agridulce, edulcorado, como un falso enamorado. Que sube y sube desde lo más hondo de un abismo destrozado.

Desde tu cadera, tan atenta, tan vivaz y tan certera, que conoce la postura exacta, el momento preciso, el minuto y el segundo de este clímax tan profundo… La fuerza del deseo más sencillo, tan mundano y anodino. Y sin embargo tan fuerte, enraizado sin remedio en nuestro pasado más lejano, nuestra naturaleza humana y nuestra felicidad efímera, aunque sincera, aunado todo en un simple colchón que derrocha sudor y pasión, fortaleza y dolor, sueños y decepciones que se hunden sin razón. Y todo desaparece al otro lado del colchón donde solo hay ya sudor. Y pasión. Y solo queda lo nuevo, la alegría y el amor, la esperanza y la ilusión.

Aunque el mundo siga su curso hacia su propia desaparición, aunque los motivos para sonreír se tornen desesperación, siempre quedará un rincón, lejos de toda urbanización, de cualquier civilización, donde encontrar más calor, afán de un mundo mejor, el gozo de tu cuerpo junto al mío retozando alrededor. Y la vida misma, que se escapa con cada suspiro y cada respiración, con cada caricia y cada esbozo de una ilusión.

Imagen: NASA Goddard Space Flight Center

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