A Ulises

Apareciste de noche, temblando, pequeño. Unas manos amigas te traían sucio, calado, hambriento, con apenas cuatro meses a tus espaldas. Te faltaba media oreja que hoy es tu seña de identidad y que supongo reflejará las vicisitudes de tu breve pero intensa vida en la calle. Pasabas entre nuestras piernas frotándote y ronroneando, agradecido. Aquella noche dormiste sobre un triste cojín colocado en el suelo de la cocina. Y apenas nos estábamos preguntando si estarías cómodo, ya estabas dormido. En el séptimo sueño. Como si hiciera semanas que no dormías, que no descansabas tranquilo en el calor de un hogar.

Pasaron los días y, aunque no podíamos bañarte, tu pelaje, tan áspero nada más llegar, producto de la suciedad y el miedo, se fue suavizando gracias a tus mil autolimpiezas diarias. Hoy, tres años después, pareces un peluche y deslizar las mejillas por tu cuerpo mientras ronroneas es uno de los mayores placeres a tu lado.

Pensábamos que sería temporal, unos días en el frío otoño para curar tu bronquitis. Fuera estabas condenado. Entonces, alguien empezó a lanzar nombres al azar, nombres de grandes dioses y hombres de la historia hasta dar con el ideal: Zeus, Horus, Aquiles… Ulises. Ulises. Ulises. Tu vida había sido una odisea y fuimos nosotros quienes te rescatamos de la cueva de Polifemo, del canto de las sirenas y de la isla de Circe. Sí, era el nombre ideal. Ulises. En ese preciso instante en que te miré y vi al héroe griego en tus ojos, supe que esta sería tu casa.

Al día siguiente de llegar, ya me seguías por casa. A todas partes. Detrás de mí. Si me sentaba a leer, tú te tumbabas en mi regazo; si limpiaba la casa, tú te sentabas a mi lado y comenzabas a limpiarte. Cada vez que llegaba, me esperabas impaciente en la puerta y apoyabas tus patas delanteras en mis piernas para que te cogiera. Hoy, tres años después, continúas haciéndolo, y ya no podría vivir sin ello. Estar en una habitación sin ti es una idea que no concibo, y si pasa un rato soy yo quien te echa de menos y te busca. Seguro que estás echando la siesta en alguna cama, ajeno a todo.

Sin embargo, en este tiempo he aprendido que estar a mi lado no significa que quieras caricias constantes. Te revuelves y te marchas. Y luego vuelves. Es la relación perfecta. Estar con alguien sin avasallar su espacio y dejándole libertad. Pero no concebir la vida sin esa persona cerca.

Eres sabio, aunque no lo sepas; eres inteligente, aunque no lo sepamos; eres el amigo fiel que está a mi lado en mis momentos más duros. Y en los más felices. Cuando te cojo por los aires y apenas emites un leve maullido de queja mientras ronroneas. Porque estás feliz, como yo.

Hoy ya no podría dormir sin ti descansando a mis pies y, ocasionalmente, junto a mi cabeza, con tus patas acariciando mi cara. No podría vivir incluso sin tus mordiscos, producto del hastío cuando, seamos sinceros, no te dejamos en paz. Siempre me dijeron que los gatos eran mucho peor que los perros, y yo nunca imaginé mi vida con uno. Pero te has convertido en un miembro más de la familia, un amigo, un peluche con vida. “Ulises, el gatito tropical”, te apodaron.